Un nuevo Pentecostés

Recientemente, en su viaje a Fátima, el Papa Benedicto XVI apuntaba en unas declaraciones a los periodistas que le acompañaban, que “los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia. También esto se ha sabido siempre, -sigue diciendo- pero hoy lo vemos de modo realmente tremendo: que la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado de la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, por una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia. En una palabra, debemos volver a aprender estas cosas esenciales: la conversión, la oración, la penitencia y las virtudes teologales”.
Sinceramente me parece que ante un análisis tan lúcido, marcado por una desnudez total de la verdad y dictado a la luz de una profunda humildad, no cabe otra respuesta inicial que el “Amén” más auténtico a sus palabras.
Yo lo pensaba estos días en el clima de la festividad de Pentecostés. Y lo primero que descubría era la valentía del papa con sus palabras. Los suyos no son términos que proliferen en el lenguaje de obispos, sacerdotes, como tampoco en los seglares. Tenemos por costumbre utilizar expresiones más suaves y “correctas”, aunque con ello se diluya la verdad.
Palabras como “penitencia”, “conversión”, “purificación”, “perdón”, “justicia”, “virtudes teologales”, no son precisamente las más utilizadas en los planes de pastoral o en los mensajes, por ejemplo ante los jóvenes. Y al utilizarlas el papa no es que él pretenda anclar la vida de la Iglesia en el tono gris penitencial. Más bien pretende lo contrario. Que sea una Iglesia maestra en salvación, donde se transparente el auténtico y genuino rostro de su Señor: Jesucristo. Pero el papa sabe muy bien que para llegar a lo auténtico, a la coherencia más profunda del ser de la Iglesia es necesario hacer un camino de verdadero desprendimiento. Ahí no se llega vendiendo sonrisas fáciles que tantas veces no contienen mas que vaciedad.
El papa pedía con sus palabras una sincera conversión, un auténtico cambio en el corazón de todos y cada uno de los que formamos ese gran cuerpo que es la Iglesia.
Pentecostés, como experiencia de la Iglesia naciente, me hacía entender las enormes posibilidades que encierra la Iglesia de nuestro tiempo para el mundo de hoy que la contempla tantas veces con estupor. Sin duda alguna pude ser una Iglesia con capacidad inmensa en su tarea, siempre que, como en sus orígenes, se oxigene con el “viento recio” del Espíritu y su fuego sea verdaderas llamaradas posadas en el corazón de cada creyente. El fuego que arrasa todo lo que está seco y deja el campo capaz de que brote de nuevo la vida. Sin ese fuego de pentecostés creo que la Iglesia no tendrá otro papel que la de simple comparsa en el concierto desafinado de la sociedad.
Tal vez ha llegado el momento -¿nos conducirán ahí la palabras del papa?- de entendernos en la necesidad prioritaria de un nuevo pentecostés que vuelva nuestro corazón y nuestra mente hacia el espíritu de las bienaventuranzas, hacia la pobreza como llave de libertad, hacia el amor como la verdadera sustancia de la vida, hacia Dios como el totalmente distinto y transcendente.
Tal vez las palabras del sucesor de Pedro sean, antes que nada, un aldabonazo para despertar nuestra conciencia, la de creyentes, la de la Iglesia, y entender que no debemos confundir nuestros pactos y la normalización de nuestras conductas según el mundo, y que con frecuencia nos sumergen en la vulgaridad, con la autenticidad del evangelio que nos ofrece un nuevo estilo de vida y nos compromete como alternativa diferente ante la mirada del hombre en cada tiempo.
Juan J. Valero
Rector del Seminario