Querido Antonio,
Hace quince días te preocupabas en saber cómo pienso yo decir las misas; si las diré como lo recomienda nuestra Santa Madre Iglesia; y también resaltabas dicho carácter folklórico de las celebraciones eucarísticas en mi querido pueblo, iglesia local. De entrada no diré ninguna misa pero intentare celebrar la Eucaristía.
Aquí te expongo lo que entiendo por Eucaristía y lo que significa para mí. En principio las siguientes líneas te aburrirán por la fundamentación bíblica inicial que ya sabes. Gracias por leerme con paciencia hasta el final.
“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10).
¿Es la vida alegría o tristeza? ¿manifestación o recogimiento? Vemos que, ante la muerte, Jesús está angustiado, suda sangre y suplica: “Padre, aléjame esta copa…pero que se haga tu voluntad”.
Mi celo misionero como sacerdote será intentar sembrar la alegría de Dios en el corazón de todos aquellos que se me encomendaran, dándoles ¡La vida misma de Dios! Es llevar los hombres a Dios, ayudarlos a encontrar al Señor en la oración, para abrir mi corazón, para establecer la amistad cuya belleza, Él, Pastor, conoce. Pues eso tiene su origen y su sentido en la Eucaristía. Jesús, por su divinidad, participa de la vida del Padre (…mi Padre y yo somos uno…) y nosotros, los hombres participamos de la vida de Jesús a través de su humanidad, pero le recibimos en sacramento. Entonces, ¿por qué no gozarnos por esta gracia, por el don de la vida, y más aún, por la participación de la vida de Dios?
Como ya sabes, eucaristía es de origen griego “Eukharistia “, significa “acción de gracias”. Esta palabra recuerda las bendiciones judías que proclaman las obras de Dios: la creación, la redención, la santificación. (Mt 26,26). Es Banquete del Señor porque se trata de la Cena que el Señor CELEBRÓ con sus discípulos la víspera de su pasión (1 Co 11,20); es Fracción del Pan porque este rito fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia. Con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas. Con él quiere significar que todos los que comen de este único pan partido, que es Cristo, entran en comunión con Él y forman un solo cuerpo en Él (Mc 8, 6-19; Hch 2,42.46; 20, 7.11).
Es Asamblea Eucarística porque la Eucaristía es celebrada en la asamblea de los fieles, expresión visible de la Iglesia. (Cfr. 1 Co 11, 17-3); es Santo Sacrificio porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia (1 Pe 2,5); es Comunión porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo (Cfr. 1 Co 16-17). Por fin es Santa Misa: porque cuando la Eucaristía se celebraba en latín se despedía a la gente diciendo “Ite Missa est”, que habla del envío a cumplir con la voluntad de Dios en su vida y de la misión.
Por eso pienso y creo que la Eucaristía se puede o mejor dicho, sin quitarla su carácter de la gran comunidad (en la Iglesia), se debe de celebrar también en pequeñas comunidades, casas, encuentros de amigos, montes, campamentos, excursiones, al aire libre, sin necesariamente limitarnos en que sin una capilla o un templo no podemos celebrar, fomentando la religiosidad popular; buscamos una Iglesia, pero cuando la encontramos, el cuerpo ya cansado aun no puede expresar su alegría ante este sublime gozo. Manifestar o celebrar la alegría de la vida trasciende el tiempo y el espacio.
Querido Antonio,
No debemos quedarnos con la meditación del vienes santo: esa no es la Eucaristía. El viernes santo ha sido un paso; antes, Jesús instituyo la Eucaristía, y después Resucitó, y ahora está vivo y se hace presencia real especialmente en la Eucaristía.
Consideremos una mujer en tres estados: embarazo-parto-nacimiento. Si siempre que ve a su hij@ la mujer se queda o piensa solo en el momento del parto, imaginémonos; pero ella le ve como fruto de un amor antes del embarazo, y es cariño, alegría, orgullo, y fruto del parto, y mucho más, es motivo de vida y de gozo. Está dispuesta a mantener, avivar esta alegría, y busca a alegrar…
¿Cómo no explotar de gozo en la Eucaristía si con una simple comida exultamos por quitar hambre? En efecto el alimento que comemos se transforma, nuestro organismo lo asimila para energía de nuestro cuerpo físico, sin lo cual no hay expresión de la vida espiritual; así mismo cuando Jesús nos dice “soy el pan de vida”, “soy la viña y vosotros los sarmientos”, “sin mí no podéis hacer nada”, eso significa que cuando comemos su cuerpo y bebemos su sangre, recibimos su vida en nosotros, nos transformamos en Él, participamos de su vida divina: prefiguración escatológica; entonces, ¿Cómo no estar alegre, cómo no celebrarlo?
El sacrificio eucarístico es memorial, no una simple memoria de un hecho histórico de un sacrificio cruento: aquel viernes santo donde los soldados romanos clavaban en un madero los pies y la pierna de un tal Jesús hijo putativo de un tal carpintero llamado José, que pasó su vida haciendo el bien…Es memorial porque, además de lo dicho, es actualización y presencia real de la entrega de su vida para salvar al mundo, para salvarme a mí, para salvarte a ti; hace presente el sacrificio: es vivir un sacrificio incruento. Por eso es a la vez sacrificio y sobretodo banquete; es acción de gracias, reconocimiento del don recibido de Dios Padre y es respuesta de cara a este don.
Hay identidad entre el Jesús histórico, el Jesús glorificado y el eucarístico. Comer y beber el cuerpo y la sangre de Cristo es expresar nuestra comunión con el resucitado, es decir con el acontecimiento pascual que ya ha sido escatologizado, trascendiendo así los límites del espacio y del tiempo, traspasa materia y forma, es eterno. Es el pasó de la muerte a la vida, es un renacer y un revivir en una comunidad fraterna de hermanos en Cristo donde se experimenta la experiencia personal de Dios en la comunión y la diaconía: escucha y amor, perdón y servicio en tensión a la vida eterna. Me parece eso más bien de alegría que de pensar, más bien de gozo que de pura meditación.
Teologizamos la Eucaristía hasta tal punto que se olvida que es de vivir, no tanto de pensar y establecer barreras. Me parece perdonable una celebración eucarística informal y desordenada pero alegre a una liturgia legislativa, normativa demasiada formal triste y amorfa: creo en aquella como Eucaristía, pero en ésta dudo de la presencia de Cristo resucitado, Jesús está siendo clavado en un madero un viernes santo que ni siquiera es el de hace dos mil años…
Se trata aquí de entender que hay que “inculturar” la misa, lo que no significa quitar su aspecto y carácter alegres aunque me reprochas de hacer de mis futuras celebraciones eucarísticas un folklore; dejo simplemente ver los resultados en la evangelización de los jóvenes y también dejo margen para juzgar o mejor dicho medir de la fe en este ámbito que me toca…
Si no tenemos cara de redimidos al menos que celebremos lo redimido que no es una propiedad privada ni siquiera de Israel. San Atanasio decía ya en aquel tiempo que el Señor manda que los redimidos entonen un cantico de vitoria. San Pablo nos exhorta e insiste fuertemente: alegraos en el Señor constantemente. Repito, estad alegres (Flp 4, 4). El dolor de sí se convierte, se disuelve y se resuelve en la alegría… Así nuestra alma puede a la vez ser contrita pero alegre: contrita por su parte que controlan los sentidos y tan alegre por las alturas que sólo gobiernan la fe y la voluntad de vivir de Cristo.
La alegría es un culto a dar a Dios. Es el barómetro del alma: su nivel indica el grado de amor. El cristiano es un sembrador de alegría, por eso hace grandes cosas. La alegría es una de las fuerzas más apremiantes e irresistibles en el mundo…
La celebración de la Eucaristía al inicio del tercer milenio requiere una mirada que abarca toda la realidad. Hoy estamos celebrando alrededor de una mesa cuyos invitados, lugares, espacios, símbolos, signos y gestos unen vida y celebración, ritual y realidad, de manera evangélica y de re-creación.
La celebración de la Eucaristía va más allá de límites y barreras de la red relacional de la humanidad. La mesa de la celebración adquiere significado y sentido hoy de un pan compartido a favor de la vida, en realidades significativas de dedicación, abnegación y don de sí.
En ella nos comprometemos a construir con actos históricos la reconciliación, la paz y la justicia. Mesa cuyo significado va más allá de la celebración de satisfacciones socioculturales, económicas, políticas o religiosas para dejar espacio a la novedad del Reino.
La Eucaristía es la Iglesia que entra en el gozo de su Maestro. Entrar en este gozo de ser testigo en el mundo, mandato hecho a la misma iglesia, su leitourgia esencial, el sacramento por el cual “se convierte en lo que es.”
La mejor manera de entender la liturgia de la Eucaristía es verla como un camino o una procesión de alegría. Es la ruta por la que la Iglesia entra en la dimensión del Reino. Uso la palabra “dimensión” porque parece la mejor para indicar el cómo de nuestra entrada en la vida sacramental de Cristo resucitado.
Nuestra entrada en la presencia de Cristo es una entrada en una cuarta dimensión que nos permite presentir y anticipar la realidad última de la vida. No es un escape o una evasión al mundo. Más bien, es llegar a un punto privilegiado desde la que nuestra vista puede sumergirse más profundamente en la realidad del mundo.
Querido chico,
Ya ves, de la Eucaristía y del sacerdocio hay una llama: FIESTA.
Tu hermano en Cristo HERMAN BAGARA.